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Opinión

¿Acaso nuestra batalla contra el coronavirus es peor que la enfermedad?

24-03-2020

Por lo general, diferenciamos entre dos clases de acciones militares: la masacre inevitable con daños colaterales de las hostilidades difusas, y la precisión de un “ataque quirúrgico”, metódicamente dirigido a las causas de nuestra amenaza específica. La segunda, cuando es ejecutada correctamente, minimiza tanto recursos como consecuencias imprevistas.

En esta lucha contra la pandemia del coronavirus, en la que jefes de Estado han declarado que estamos “en guerra” con esta epidemia, aplica la misma dicotomía. Esta puede ser una guerra abierta, con las consecuencias que eso presagia, o podría ser algo más quirúrgico. Estados Unidos y la mayoría de las naciones del planeta, hasta el momento, se han decantado por la primera opción. Escribo esto ahora con carácter de urgencia, para asegurarme de que consideremos la alternativa quirúrgica, mientras todavía haya tiempo.

Los brotes tienden a ser aislados cuando los patógenos se mueven a través del agua o los alimentos, y de mayor escala cuando viajan por vectores de amplio alcance como los mosquitos, las pulgas o el mismo aire. Al igual que la pandemia del coronavirus, la infame pandemia de la gripe de 1918 fue causada por partículas virales transmitidas por la tos y el estornudo. Las pandemias ocurren cuando una población entera es vulnerable —es decir, no inmune— a algún patógeno capaz de propagarse con eficiencia.

La inmunidad se da cuando nuestro sistema inmunológico ha desarrollado anticuerpos contra un germen, ya sea de forma natural o como resultado de una vacuna, y se encuentra plenamente preparado en caso de exposición. La respuesta del sistema inmunológico es tan fuerte, que el germen invasor es erradicado antes de que pueda desarrollarse una enfermedad sintomática.

Lo más importante es que esa respuesta inmunológica sólida también previene la transmisión. Si un germen no puede asegurar su dominio en el organismo, ese cuerpo ya no funciona como un vector para enviárselo al próximo huésped potencial. Esto es así incluso si la siguiente persona aún no es inmune. Cuando suficientes de nosotros terminamos convirtiéndonos en esos “callejones sin salida” para la transmisión del virus, la propagación a través de la población pierde poder, y al final, se disipa. A esto se le denomina inmunidad colectiva.

Lo que sabemos hasta el momento del coronavirus, hace que sea un caso único para la potencial aplicación del método de “inmunidad colectiva”, una estrategia percibida como un efecto secundario deseable en los Países Bajos, y brevemente considerada en el Reino Unido.

Los datos de Corea del Sur, donde el seguimiento del coronavirus ha sido, sin lugar a dudas, el mejor hasta el momento, indican que hasta el 99 por ciento de los casos activos en la población general son “leves” y no requieren ningún tratamiento médico específico. El pequeño porcentaje de casos que sí requieren atención están altamente concentrados entre los mayores de 60 años, y se incrementan a medida que las personas son más viejas. En igualdad de condiciones, los mayores de 70 años tienen un riesgo de mortalidad tres veces mayor al de aquellos que tienen entre 60 y 69 años, y los mayores de 80 años tienen casi el doble de riesgo de mortalidad que los que tienen entre 70 y 79 años.

Estas conclusiones se pueden corroborar con los datos de Wuhan, China, los cuales muestran una tasa de mortalidad más alta, pero una distribución casi idéntica. Es posible que la tasa de mortalidad en China sí sea más alta, pero quizás es el resultado de una menor cantidad de pruebas generalizadas. Con precisión y sin demora, Corea del Sur empezó a hacerle pruebas a la población en general que aparentemente estaba sana, y así encontró los casos leves y asintomáticos de COVID-19 que otros países están pasando por alto. Lo sucedido con el crucero ‘Diamond Princess’, que alberga una población contenida de mayor edad, lo demuestra. La tasa de mortalidad en esa población cerrada y uniformemente expuesta es de casi un 1 por ciento.

Hasta la fecha, tenemos en Estados Unidos menos de 200 fallecidos (NdR: actualmente superan los 500) por el coronavirus, un conjunto de datos pequeño que puede generar grandes conclusiones. Sin embargo, están totalmente alineados con los datos de otros países. Las muertes se han agrupado principalmente entre la población anciana, aquellos con considerables enfermedades crónicas como diabetes y cardiopatías, y los que se encuentran en ambos grupos.

Me preocupa profundamente que las consecuencias sociales, económicas y de salud pública de este colapso casi total de la vida cotidiana —escuelas y negocios cerrados, prohibición de concentraciones de gente— sean catastróficas, prolongadas y posiblemente más graves que el saldo directo del mismo virus. El mercado bursátil se recuperará con el tiempo, pero muchos negocios jamás podrán hacerlo. El desempleo, el empobrecimiento y la desesperación que muy probablemente resulte de todo esto serán calamidades de primera para la salud pública.

Peor que eso, temo que nuestros esfuerzos hagan muy poco para contener el virus, debido a que tenemos un sistema de salud pública fragmentado, eternamente mal financiado y con recursos limitados. Distribuir estos recursos tan escasos de manera tan amplia, superficial y al azar es una fórmula para el fracaso. ¿Qué tan seguro estás de conocer las mejores maneras de proteger a tus seres amados más vulnerables? ¿Con qué facilidad puedes obtener una prueba del coronavirus?

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