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Coaching y Management: “Escucha activa, escucha global”

21-07-2012

J.M. Garteiz*

Cuando apenas levantamos un palmo del suelo nuestros padres comienzan a poner palabras en nuestra boca para que las repitamos. Estas palabras, que inicialmente no tienen ningún sentido para nosotros, terminan por ser asociadas en nuestra cabecita con algún objeto o persona, adquiriendo así un significado para nosotros. De esta forma comenzamos, poco a poco, a dominar el arte de hablar y, aunque no seamos muy elocuentes en nuestros inicios, somos capaces de expresar nuestras ideas y sentimientos a la gente que nos rodea. Llegados a la madurez, es posible que no seamos un Demóstenes o un Cicerón, pero somos capaces de transmitir un mensaje de forma clara y eficiente en la mayoría de los casos. Sin embargo, hoy en día, siguen siendo muy pocas las personas que nos encontramos en el trabajo, por la calle o incluso en nuestro propio entorno familiar, que sepan escuchar de forma eficaz nuestras palabras, y sino ¿cuántas veces hemos dicho a alguna persona: “¡Es que no me escuchas!”? ¿Y cómo nos hemos sentido cuando alguien no ha escuchado aquello que para nosotros era tan importante?

Efectivamente, son muchas las personas que nos oyen cuando hablamos, es decir, que perciben con el oído los sonidos que salen de nuestra boca; pero no los escuchan, no prestan atención a lo que oyen, por lo tanto, no reciben el mensaje que queremos transmitir. Es posible que en este momento nos salten a la cabeza algunos nombres de amigos o compañeros del trabajo que tienen este comportamiento; pero ¿cómo podemos identificar a este tipo de individuos de una vez por todas?

Las personas que no escuchan a los demás tienden a dirigir la conversación, recayendo el foco de atención sobre sí mismos. Esto hace que se distraigan fácilmente con su diálogo interno, principalmente porque están pensando en la pregunta que nos van a hacer en cuanto cerremos la boca. Por norma general estas personas sólo oyen palabras que se filtran entre su diálogo, perdiendo de esta manera la verdadera esencia del mensaje, lo que hace que realicen interpretaciones personales a partir de una palabra suelta. Tal vez algunos de nosotros podamos sentir que, en ocasiones, en función de dónde nos encontremos, podemos actuar de esta manera; pero ¿cómo podemos evitar ser nosotros uno de esos personajes tan molestos? ¿Cómo podemos mejorar nuestra habilidad de escuchar a los demás?

Hay que tener presente que el nivel más alto de escucha es aquel en el que se escucha de forma global lo que la otra persona dice, y lo que no dice -expresado a través de su lenguaje corporal-. Esto hace que en muchas ocasiones se tengan que realizar preguntas para confirmar lo que se entiende de ambos lenguajes, teniendo en cuenta todos los elementos: palabras, tonos, respiración, etc. De esta forma se intentan evitar las interpretaciones personales y el ser directivo. De igual manera, para asegurar la claridad y el entendimiento, es importante resumir y parafrasear lo que dice nuestro interlocutor.

Por tanto, las claves para conseguir un nivel de escucha global son: Tener como objetivo el escuchar, liberarse de todo juicio inicial, evitar distracciones, reformular o parafrasear, valorar la carga afectiva, aislar la esencia del mensaje, esperar a que acabe el otro antes de responder.

Si comenzamos a practicar desde ahora mismo la escucha activa, en pocas semanas estaremos recibiendo elogios de las personas que nos rodean con halagos como: “¡Me encanta hablar contigo, porque escuchas lo que tengo que decir!”.

*Ingeniero, consultor y fundador de Garaster Consulting

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