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Cómo queda Ecuador tras 10 años de Correa en el poder

20-02-2017

En la década de 2007-2017, el actual mandatario se involucró en casi todo asunto que generara interés en el país —haya sido político, social, económico, religioso o deportivo— sea en persona o a través de su red social preferida: Twitter.

Fue protagonista de gabinetes itinerantes y de unos 500 enlaces ciudadanos en todo el territorio ecuatoriano, conocidos informalmente como “las sabatinas”.

Son cadenas mediáticas en las que —para sus seguidores— llevó la política a actores nacionales que nunca habían sido tenidos en cuenta antes y que —para sus detractores— le sirvieron para defenestrar a sus opositores cada sábado en vivo y en directo.

No hubo aspecto de la realidad nacional o detalle en que Correa no estableciera una agenda política —desde su forma de vestir hasta su bombardeo de slogans de campaña— a partir de un aparato de medios amplio, conformado por diarios, radios y televisiones estatales.

También recurrió a estrategias de comunicación —como la que habla de la década ganada— tan efectivas como agresivas, que muchos políticos de la oposición han criticado en público pero —muy posiblemente— han envidiado en privado.

El correísmo

Esa omnipresencia, para los fieles a su “Revolución Ciudadana”, nace de una suerte de omnisciencia.

Todos sabían hace 10 años que el país necesitaba un cambio radical, tras haber tenido 12 presidentes desde el retorno a la democracia en julio de 1978 (entre ellos un interino, una presidenta de tres días y un triunvirato cívico-militar que duró apenas horas).

Pero solo Rafael Correa supo convertir en realidad ese reclamo social de una mayor presencia del Estado en los asuntos de la nación y un líder fuerte que impulsara esta renovación de la identidad nacional, aunque la velocidad con la que encaró esos cambios pareció indicar que no quería sólo renovar su país sino refundarlo.

Para sus críticos —sean aquellos que él mismo eligió como enemigos desde el comienzo de su mandato (representantes de la vieja política o “Partidocracia”, banqueros de la “larga noche neoliberal”, periodistas “sicarios de la tinta”) o aquellos que se fueron desencantando en el camino— la omnipresencia se volvió omnipotencia.

No la del poderlo todo, sino la del querer llevar su poder (ejecutivo e indiscutido) a todas partes: desde los pasillos de los tribunales, pasando por las redacciones de los medios hasta las aulas de las universidades.

Tanto trajín y tanta controversia han hecho que los ecuatorianos, divididos por accidentes geográficos (la costa o la sierra), ciudades hegemónicas (Quito o Guayaquil), o clubes de fútbol (Barcelona o la Liga Universitaria) lleguen a este 19 de febrero con casi exclusivamente dos camisetas: correístas y anticorreístas, aunque este apellido no esté en las papeletas.

Una cuestión política

Esta división tajante de las aguas hace que, dependiendo del interlocutor, uno reciba versiones del mandatario —y del país— absolutamente contradictorias.

“En lo político, Correa es un caudillo: no se fortaleció la democracia, por el contrario, se restringieron las libertades, se estableció un marco jurídico represivo y se golpeó duramente a los movimientos sociales que viabilizaron el triunfo de Correa en el 2006”, le dice a BBC Mundo Alberto Acosta, expresidente de la Asamblea Nacional.

Acosta fue uno de los mentores políticos de Rafael Correa que luego se enfrentó con el mandatario. Aunque le reconoce al gobierno la reducción de la pobreza hasta el año 2014, sostiene que los más poderosos del país obtuvieron simultáneamente los mayores beneficios de toda la historia.

“En términos relativos la inequidad en la distribución del ingreso disminuyó (medida por el coeficiente Gini), pero en valores absolutos la desigualdad se incrementó. La ‘década ganada’ fue para pocos: grandes grupos económicos, el capital chino (tanto petrolero como minero), y hasta el clásico capital financiero internacional”.

Sin embargo, para el historiador Juan Paz y Miño, el gobierno de Correa marcó el inicio de un nuevo ciclo histórico, superando el modelo empresarial/neoliberal:

“Se reinstitucionalizó al Estado sobre la base ciudadana, se afirmaron las capacidades regulatorias del Estado en la economía; gracias a la Constitución de 2008 se garantizaron los derechos más amplios; se dio prioridad a las condiciones de vida y de trabajo de la población por sobre los intereses del capital”.El historiador le dijo a BBC Mundo que la “década ganada” se entiende a partir de la conjunción de tres elementos: el desarrollo y modernización de la economía; el progreso material del país (obras públicas) y los logros sociales en áreas como educación, salud, seguridad social, con redistribución de la riqueza y mayor equidad.

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