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Opinión

Desahucio científico e intelectual

18-11-2012

* José Antonio Lorente Acosta

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define en primer lugar el término desahuciar como “quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea”. He de reconocer que, conociendo de modo general y desde hace mucho tiempo qué es desahuciar, no había buscado nunca su significado en el diccionario hasta este momento; su definición, dura y directa, preclara me produce zozobra: “quitar a alguien toda esperanza”, o sea, generar desesperanza. La desesperanza existe en aquellos que pierden su casa o que están amenazados con perderla, por supuesto, pero hay otros tipos de desahucio, quizás hasta más graves como personas y como sociedad, no tan llamativos, pero no menos tristes y peligrosos. Y me quiero referir con ello al desahucio intelectual y a su postrero nivel que es el desahucio ético y moral. Todo se andará, y vamos por ese perverso camino.

El ser humano se diferencia en muchos aspectos de nuestros más cercanos congéneres en la evolución, entre ellos por nuestra tendencia a acumular posesiones materiales -unas necesarias, otras de muy dudosa utilidad real, aunque sí social- que pueden acabar con esas pérdidas forzadas de bienes.

Estando todos de acuerdo que la gran riqueza del ser humano no reside en lo que tiene, sino en lo que es como persona y como ser social, el renunciar a toda esperanza en el área del saber y del progreso (lo que llamo desahucio científico e intelectual) es por ello para mí tanto más grave que la pérdida de lo material. Y es este el contexto en que esta España en saldo está entrando, porque un gran problema de nuestro país es que no cree en la ciencia ni en la investigación. Casi nunca lo ha hecho antes y apenas lo hace ahora. España y el español medio creen en otras cosas, como por ejemplo el fútbol, y quizás por ello y al menos en esto, nos va bien.

Dedicarse en exclusiva a la investigación es, en España y fuera de España, lo más cercano al sadomasoquismo y a la heroicidad. Lo dice quien además de investigar ha tenido la suerte de ser docente y alcanzar una presunta estabilidad. Pero el investigador puro, el que sólo investiga dependiendo de proyectos nacionales e internacionales, tiene una vida muy, muy dura, y muy, muy difícil. Depende de publicar con los mayores criterios de calidad, compitiendo con norteamericanos, ingleses, alemanes, japoneses y ya con brasileños, chinos e indios y con todos los demás antiguos países emergentes hace tiempo emergidos. Compite por captar fondos de todo tipo que es lógico que escaseen, pero que una falta de los mismos puede dar al traste con carreras investigadoras de 10, 15 ó 20 años y con la de muchas otras personas que conforman esos maravillosos grupos donde inteligencia y constancia van de la mano.

Tengo el honor de dirigir un centro de investigación biomédica (GENYO) plagado de excelentes investigadores, desde los más jóvenes a los más experimentados. Decenas de jóvenes que sólo tienen dos grandes pecados en su vida: haber trabajado y estudiado para conseguir un excelente expediente académico y creer que la investigación es vía de conocimiento y de desarrollo del ser humano y de la sociedad. Aquí andamos todos, sobreviviendo como podemos a decisiones drásticas y probablemente necesarias, pero injustas porque no todo en la vida ni en este mundo tiene el mismo valor ni trascendencia.

No estoy pidiendo un trato especial para los investigadores ni para la investigación (o en conjunto la llamada I+D+i). Lo que pido –y lo hago por favor- es que centremos nuestros objetivos. No se puede decir que el problema de España radica en gran parte en nuestro modelo económico basado en ladrillo (d.e.p.) y en el turismo, y pretender que se fomenten otras áreas cortando drásticamente los presupuestos que nos permitirán desarrollarlas.

Todos nuestros representantes políticos hablan de la necesidad de investigar, de innovar, de patentar, de crear, innovar, etc. pero me temo que no saben cómo funciona esto, me temo que no saben (o no quieren saber, pero esto sería dolo) lo que he escrito un par de párrafos antes: que la competencia es internacional, que hay países que ante la crisis lo que han hecho es aumentar su aportación a la I+D+i, que esto no se puede parar, que disminuir la potencia y capacidad de la ciencia española es como hacer bajar a repostar a un avión: cuando consigamos despegar otra vez, los de la competencia -que hacen un vuelo directo- nos habrán sacado tal ventaja que ya sí que no seremos competitivos, nunca más.

Aunque parezca irrisorio es como si alguien que pretende usar un coche para salir de una situación de emergencia trata de aligerar el peso del vehículo quitándole el aire a las ruedas y vaciando gasolina del depósito: por supuesto que el aire y la gasolina pesan, pero pesan poco, y un coche en esas condiciones no nos va a llevar a ningún sitio; cabría ponderar si hemos cargado otras cosas no estrictamente necesarias de las que poder prescindir sin poner en riesgo nuestro viaje.

Durante unas semanas más seguiré creyendo en las buenas intenciones de nuestros políticos y gobernantes; pensaré que al igual que en veredas publicitarias un pulpo se aceptó jocosamente como animal de compañía, nuestros políticos no se han dado cuenta de que disminuir la capacidad de la ciencia española es hacernos perder –por muchos años- la posibilidad de competir, de generar riqueza y trabajo (limitado pero de gran trascendencia) en España. Confesaré, casi para terminar, que no soy del todo optimista. Este pequeño escrito no es sino uno más que se acumula ente los cientos de escritos, artículos y manifiestos que hemos firmado miles de científicos, que no queremos un trato de favor, sino seguir demostrando que somos tan capaces como los colegas de otros países y que queremos ayudar con lo que tenemos en mayor o menor medida: constancia, capacidad acreditada de trabajo, inteligencia, intuición, deseo. O sea, que tenemos esperanza.

Esperanza que por medio del desahucio científico e intelectual perderemos nosotros, y nuestros hijos y nuestro país. Después de esto ya sólo queda el desahucio ético y moral, el todo vale, el sálvese quien pueda, el tonto el último, el desahucio que en otros tiempos a no tan pretéritos dio paso en España y en Europa a populistas y dictadores. No llegaremos a eso, estoy seguro, pero espero que no haga falta que se suicide un científico para que nos demos cuenta de cuán bajo podemos caer como personas y como sociedad si desahuciamos nuestro intelecto y conocimiento, que es algo mucho más importante que lo material que tanto parece afectarnos.

PD: siendo el contexto duro y difícil como nunca, quiero que este artículo sirva de acicate y estímulo para todos los jóvenes investigadores, y en especial a los más que animados y animosos compañeros y amigos que conforman GENYO.

*Médico y Profesor de la UGR. Director de GENYO. Tribuna publicada en Ideal de Granada, 18.11.12

www.genyo.es

 

 

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