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Latinoamérica

Padres de estudiantes de Ecuador denuncian malos tratos tras la marcha del 17S

26-09-2014

Decenas de padres y madres de los 60 detenidos luego de los incidentes tras la marcha del 17S denunciaron la “tortura” y el “secuestro” de sus hijos por parte de la justicia. Su peregrinaje fue por tratar de verlos y por liberarlos. Solo pudieron verlos siete días después de su detención, gracias a sus gestiones. Tienen el apoyo de dos abogados, pero ya no piden perdón, solo justicia.

Después de fugaces 20 minutos, la rueda de prensa convocada por la Federación de Estudiantes Secundarios del Ecuador (FESE)  había concluido. Fue una declaración callejera, a la intemperie, interrumpida por el bramar de los buses y las conversaciones de los transeúntes, justo en el pórtico del Instituto Nacional Mejía. A las rejas de la puerta principal del Colegio poco les falta para ser barrotes de una cárcel. Altas vallas de metal hacen del establecimiento una gran jaula. No se sabe desde cuándo se montó esa muralla, que difumina el busto altivo de  Eloy Alfaro que luce al inicio de la escalinata que da acceso al edificio neoclásico. Tres o cuatro décadas atrás la gran escalinata del colegio aún se iniciaba en el concreto de las aceras y fue testigo  de cómo los estudiantes, después de las clases, salían libremente a manifestarse en “las bullas”. Hoy, de los barrotes cuelgan los carteles de los estudiantes escritos con letra temblorosa: papeles con consignas que advierten que el Patrón Mejía “ha despertado”.

Para los padres, el Gobierno Nacional quiere implantar el silencio. “Ni en la más acérrima dictadura se habían cogido más de 300 detenidos por manifestaciones”, afirmaron los jóvenes de la FESE, que solidarios acompañaron a los padres de las víctimas. No hubo testimonio en el cual las madres descartaran el maltrato de la policía; incluso, el día de la audiencia de ese viernes 19,  un joven mostró las marcas de las lesiones en toda su espalda. En los calabozos hay jóvenes sin dientes, rotos los huesos, con moretones en todo su cuerpo, fracturados la cabeza. Así lo confirmaron los abogados que recibieron cartas escritas a mano por los estudiantes. El mínimo acto de humanidad era permitir que la Cruz Roja los atendiera.

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