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Plazido Erdozain habla sobre la beatificación de Monseñor Romero anunciada por el papa Francisco

04-02-2015

Si hacemos a un lado a monseñor Romero, el padre Plazido Erdozain (escrito con ‘z’ y sin tildes, como se escribe en euskera, la lengua de Euskadi, su tierra de origen) seguramente sea el religioso que más relevancia pública alcanzó en los setenta en El Salvador. A finales de 1968 se comenzó a emitir en el Canal 2 de la Telecorporación Salvadoreña un programa de televisión de reflexiones bíblicas llamado El minuto de Dios. El programa, que duraba una media hora y se emitió cada domingo durante más de una década, convirtió al padre Plazido en uno de los curas más populares.

En alguna ocasión monseñor Romero se refirió a El minuto de Dios en sus homilías. En la del 3 de diciembre de 1978, por ejemplo, felicitó con efusividad al padre Plazido por cumplir 10 años al aire y aprovechó para bromear sobre el horario de retransmisión, que prácticamente coincidía con las multitudinarias homilías de catedral: “El otro día el padre Plazido me decía que yo le he hecho una competencia desleal, pero creo que él tiene siempre mucho auditorio. El bien que se hace es grande, yo me alegro, le doy gracias al Señor y felicito al sacerdote”.

El programa se interrumpió de forma abrupta a finales de enero de 1979, cuando el régimen del general Humberto Romero detuvo al padre Plazido y lo entregó a la embajada de España para su deportación inmediata. Fue expulsado a México justo en los días en los que se celebraba en Puebla la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, un evento marcado por el brillo de monseñor Romero, entonces un firme candidato al Premio Nobel de la Paz. Apenas se vieron, el arzobispo le sugirió que se afeitara la barba que cargaba en los últimos meses, porque habían detectado la presencia de muchos orejas en el evento.

Había razones para la preocupación. Apenas unos días antes del encuentro, el 21 de enero, la Guardia Nacional había asesinado cerca de la iglesia de San Antonio Abad al padre Octavio Ortiz y a cuatro de sus colaboradores, en el que sin duda fue uno de los golpes más duros y directos contra las comunidades eclesiales de base, con las que el padre Plazido colaboraba activamente desde hacía años.

El padre Plazido llegó a ser un miembro prominente de la Coordinadora Nacional de la Iglesia Popular (Conip), conocida como la Nacional, una agrupación de sacerdotes y seminaristas surgida a finales de los 60 en el Seminario Mayor San José de la Montaña, que llegó a tener mucho peso en el movimiento popular organizado que plantó cara a los gobiernos del coronel Arturo Armando Molina, primero, y del general Humberto Romero después.

¿Qué le ha parecido el anuncio papal del desbloqueo de la causa de canonización de monseñor Romero?
Desde que nombraron a este Papa, ha habido algunas señales de cambio positivas, pero yo siempre creí que serían las obras las que hablarían; pues bien, reabrir el proceso de monseñor Romero sí es una señal importante.

¿Qué tan importante?
En lo personal, no me importa tanto si lo canonizan o no. Una canción de Piquín (se refiere al cantautor Guillermo Joaquín Cuéllar) ya dice que a monseñor hay que hacerlo santo siguiendo su camino. La idea de hacer santos para que quede en los archivos a mí no me gusta tanto, pero sí es una buena señal de cambio, sin duda, porque uno de los hechos que interfirieron en la imagen de monseñor Romero fue la voluntad de hacerlo santo. La Iglesia salvadoreña puso al frente de su causa de canonización a monseñor Delgado (Jesús Delgado), quien está convencido de que los enemigos de monseñor Romero somos nosotros, las comunidades de base.

¿Es valiente el gesto del papa Francisco?
Es una ruptura con el esquema que han mantenido los dos papas anteriores, y hasta la Iglesia salvadoreña, porque sí, promovieron hacerlo santo, pero todo lo que han escrito sobre monseñor Romero es solo para espiritualizarlo, pero no en el sentido verdadero, imbuirlo del espíritu de Cristo, sino hacerlo espiritualista.

Si se ha desbloqueado la causa, significa que antes estaba bloqueada.
Estaba bloqueada, y eso que la Iglesia salvadoreña se esforzó por revisar su vida, para que fuera tragable por el Vaticano.

Pero aún así, incluso ese Romero que usted presenta como edulcorado, sigue siendo inaceptable para una amplio sector de la derecha salvadoreña.
Yo fui amigo de D’Aubuisson.

¿Amigo amigo?
Sí, muy amigo. Lo conocí cuando él estaba como cadete en Usulután, yo lo llevé a cursillos de cristiandad, y yo lo casé con Yolanda. Eran otros tiempos. D’Aubuisson se llevaba mucho con los Hándal, con la madre de Schafik; la visitaba mucho y tomaban café. Roberto y yo fuimos por un tiempo muy amigos, hasta que un día vino a decirme que no podía seguir siendo cristiano porque, para ser un buen guardia nacional, tenía que matar. Eso fue después de la guerra de Honduras.

***

La vida del padre Plazido está llena de aparentes contradicciones. A El Salvador llegó en 1964, con apenas 29 años y miembro de la Orden de los Agustinos Recoletos. No tardó en ser asignado a los Cursillos de Cristiandad, un movimiento apostólico dirigido a las familias más adineradas, con un marcado tono clasista. “Ahí llegaban todas las familias ricas y los militares”, dice. En estos cursillos conoció al padre Óscar Arnulfo Romero, en su etapa más conservadora, y también le sirvieron para relacionarse con buena parte de las familias más influyentes del país.

Uno de los hombres que asistió a cursillos fue Boris Eserski, el magnate de la televisión. Los cursillos le sirvieron para reconstruir su familia, y la esposa e hijos quedaron agradecidos con el padre Plazido. “Un día Boris me dijo: ‘Los curas me están pidiendo un tiempo en la televisión, y yo, si no lo haces tú, no lo doy’ . Así surgió El minuto de Dios”, dice.

Durante varios años el padre Plazido comió rico y abundante en las mesas de algunas de las familias más poderosas de El Salvador. Una década antes, sin embargo, durante su estancia como estudiante en la Universidad Gregoriana de Roma, había trabajado junto al obispo belga Joseph Cardijn, considerado el padre de la JOC, la Juventud Obrera Cristiana.

El acercamiento a la Nacional fue todo un proceso que daría para un libro, pero lo cierto es que para cuando monseñor Romero fue nombrado arzobispo a inicios de 1977, el padre Plazido ya era una de las voces más respetadas dentro de los sacerdotes progresistas.

Una de las principales razones por las que El Faro lo buscó fue para conocer sus opiniones sobre el papel de la izquierda en los últimos meses de vida de Romero, sobre todo en los inmediatamente posteriores al golpe de Estado de 1979, que instauró una Junta Revolucionaria de Gobierno (JRG) de corte progresista, pero que desde su mismo nacimiento fue boicoteada por organizaciones como el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), dos de las cinco que a la postre conformarían el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN).

¿Cómo fue recibido por los curas de la Nacional el triunfo de la Revolución sandinista en julio de 1979?
Contentos, muy contentos. Lo sentimos como un triunfo de todos.

¿Surgió la esperanza de…
… de que se repitiera en El Salvador? ¡Claro!

En su pequeño libro sobre monseñor Romero usted llama “Junta Contrarrevolucionaria de Gobierno” al gobierno surgido del golpe.
¿Así lo publiqué? Lo pensaba, claro, pero no recordaba si lo había publicado.

Esa primera junta estaba integrada por gente como Román Mayorga, Guillermo Ungo, Enrique Álvarez Córdoba, Mario y Rubén Zamora, Héctor Dada Hirezi…
El golpe militar y la proclama del 15 de octubre tenían el espíritu de Ignacio Ellacuría.

Y el respaldo de monseñor Romero.
Pero esa proclama era solo palabras.

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