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Opinión

Vivir con el populismo

19-03-2017

“Debemos educar a nuestros maestros”, señaló el estadista inglés Robert Lowe tras la aprobación de la Segunda Ley de Reforma de 1867, que añadió más de un millón de votantes al Registro Parlamentario. Para él, un electorado educado era el mejor modo de asegurar una gobernanza participativa en Gran Bretaña. 150 años después, parece ser que los educados “maestros” de la democracia liberal han aprendido poco. Cabe suponer que a Lowe no le impresionarían las tendencias populistas actuales.

Como demuestra el referéndum del Brexit del Reino Unido y la elección de Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos, prejuicios y falsas promesas confunden con facilidad a los votantes. El pensamiento crítico se descarta cada vez como elitista, mientras que las redes sociales sin instancias de rendición de cuentas, las “noticias falsas” y los “hechos alternativos” dominan la discusión pública. En un ambiente de ignorancia, los políticos populistas hacen presa voluntaria de aquellos que se sienten ignorados.

Pero debido a que esos políticos son tan atractivos para muchos, deben ser examinados, en un nivel no menor que sus votantes fácilmente influenciables. La cuestión es si es posible reformular también, para salvarla, una marca de política que amenaza a la democracia liberal.

En la actualidad hay dos tipos de populistas: el explotador y el iluminado. Trump representa el primero. Con una administración llena de ex alumnos de Goldman Sachs y una agenda que promete recortes de impuestos para los súper ricos mientras privatizan Medicare y la educación, Trump está destinado a decepcionar a la clase obrera blanca que le dio la Casa Blanca. La automatización, no el comercio, es responsable de la disminución de los puestos de trabajo manufactureros. El gas natural, y no la regulación ambiental, ha alimentado la desaparición de la industria del carbón de Estados Unidos.

Pero el ascenso de Trump no se debió solo a la economía. También se trataba de transformar una identidad nativista americana contra las minorías y los inmigrantes. Para los demagogos, jugar con las emociones de las personas es siempre más eficaz que apelar a su “sentido común”, como explicó George Orwell en su reseña de Mein Kampf de Hitler. Esto es tan cierto para Trump en Estados Unidos como para populistas de derechas como Marine Le Pen en Francia, Frauke Petry en Alemania y Geert Wilders en Holanda.

Las democracias, sin embargo, también pueden producir un tipo más ilustrado de populismo, como el del Senador estadounidense Bernie Sanders. Si se hubiera convertido en el candidato presidencial del Partido Demócrata (en lugar de Hilary Clinton), y si hubiera asumido la presidencia de Estados Unidos, su promesa de girar el orden socioeconómico americano e implantar una democracia social de estilo escandinavo podría haber enfurecido a grandes sectores del electorado. El Congreso probablemente habría descarrilado toda la lista de metas nobles que incluía su plataforma (atención de salud de un solo pagador, universidad gratuita para todos, la reforma de las finanzas de campaña y el desglose de los grandes bancos como insoportablemente costosa, si no “antiestadounidense”.

Artículo completo en español  traducido por David Meléndez Tormen y original en inglés publicado en Project Syndicate

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